19.07.2013, Por
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Lucía Pérez, Redacción eDarling, julio 2013

 

Ser soltero en vacaciones

La época estival se acerca, la gente planea sus vacaciones, las ofertas inundan las agencias de viaje, pero ¿quién se acuerda del soltero? Sí, el soltero, esa persona que no necesita una habitación doble, que quiere comer en mesa de uno y disfrutar de sus vacaciones y de ser soltero como otra persona cualquiera.

Ser soltero en vacaciones

Ser soltero en verano

Si bien es cierto que soltero se es todo el año, cuando se acercan el verano y las vacaciones, la tranquilidad del soltero empieza a peligrar. En realidad, eso me pasó a mí cuando intentaba planear mis vacaciones. Mi primera opción, fue mi inseparable e incondicional amiga Claudia, ella, que lleva por bandera el lema: «Ser soltero es una maravilla», truncó mis planes. Su ocupada vida laboral no la permitía acompañarme esa vez.

Entonces recurrí a mi segundo plan, buscar a alguien con quien poder ir. Repasé la agenda de mi móvil de la a hasta la z, primos, hermanos, viejos amigos, incluso llegué a la categoría de «conocidos», pero nada. Parecía que la soltería no era tan maravillosa como aclamaba mi amiga Claudia. Sin éxito, comencé a navegar por internet y me encontré con una de esas agencias que organiza viajes para solteros .Pero sinceramente, la opción no me terminaba de convencer.

Rumbo a las vacaciones

Aquello me hizo tomar la decisión de ir sola y comencé a buscar el destino de mis vacaciones. Pensé en ir al Caribe y empecé a ojear hoteles en diferentes zonas. En la mayoría de ellos no ofrecían habitaciones individuales como tal, sino habitaciones dobles con posibilidad de uso individual. Eso sí, el catálogo para parejas era amplísimo: suites para novios, habitación doble especial con vistas al mar… Todo un paraíso para parejas, una odisea para el soltero.

Aún así, no desistí y reservé mi viaje. Llegué a aquel hotel paradisiaco en un viaje organizado lleno de parejas, familias y niños y yo no dejaba de repetirme la frase de mi amiga Claudia. Realmente comenzaba a dudar de tal afirmación y más aún cuando llegué al restaurante en el momento de la cena y el camarero muy amable me dijo: Señorita, no disponemos de mesa individual en este momento, ¿le importaría sentarse con otros clientes? Ya no sé si fue la indignación o el hambre atroz lo que me hizo aceptar tal proposición. En definitiva, ahí estaba yo sentada con cuatro desconocidos a 10.000 kilómetros de mi casa pasando mis vacaciones.

El broche final

Y aquello hubiese sido una simple anécdota, si no llega a ser por lo que pasó días posteriores. Después de pasar cinco días esquivando las miradas de compasión y extrañeza de los demás viajeros, como si ser soltero fuese una nueva enfermedad del siglo XXI, decidí que quería realizar una actividad acuática. Con la ilusión de poner el broche de oro a mis vacaciones, me acerqué al hombre que gestionaba todo aquello para decirle que quería hacerla. La pregunta de cuántos éramos era obligada, así que él hizo su labor y yo le respondí que sólo una. Entonces llegó la explicación: no era posible con una persona, tenía que esperar.

Desgraciadamente yo ya estaba cansada de esperar, de no tener una mesa para comer, de no tener una habitación individual y de sentir que ser soltero, en mi caso soltera, no me daba derecho a tener unas vacaciones dignas. Así que en ese momento, me dirigí al señor de la lancha y me ofrecí a pagar todas las plazas para que me diese una vuelta. El hombre no debió ver impedimento entonces, y ahí terminé yo mis vacaciones surcando el Mar Caribe, disfrutando de mí misma y haciendo una reflexión: ¿de verdad ser soltero es una maravilla?

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